CLUB AMIGOS DE CAMACHO

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HISTORIA

EMPEZAMOS  COMO UN GRUPO DE AMIGOS QUE QUERIAN REUNIRSE PARA JUGAR UN RATO Y YA LLEVAMOS 30 AÑOS HACIENDOLO, JUGAMOS TODOS LOS SABADOS EN LA SEGUNDA DEL SARDINERO Y EN MATALEÑAS. EN LA EPOCA DE MAS LUZ TAMBIEN JUGAMOS ENTRE SEMANA, SIEMPRE Y CUANDO NOS LO MARQUE NUESTRO PRESIDENTE. ESPEREMOS SEGUIR OTROS TANTOS AÑOS MAS.

 

CARTA ABIERTA PARA LIPE

Uno de los primeros recuerdos que tengo de bajar a jugar a la playa es de la primera vez que llegué tarde. No llevaba mucho tiempo en el grupo. Empecé a cambiarme a toda prisa en la banda y entonces, desde el otro lado del campo, surgió una voz que era igual que la arena: te envolvía, te raspaba, te obligaba a correr; y al mismo tiempo había en ella calidez y una invitación a la risa.

“Venga, chaval, que se nos va a hacer de noche. Hay que llegar a la hora”. Famosas palabras. En la otra banda, pegado a la raya, un hombre con gesto serio me miraba como si fuera un delincuente. Avergonzado, entré al campo con la vista baja y no di una a derechas en quince minutos. Entonces, mientras el balón iba hacia otro lado y yo contemplaba desolado la punta de mis pinkis amarillos, una mano se posó en mi hombro y la misma voz, pero en un tono mucho más bajo me dijo: “vamos, chaval. Que tú sabes hacerlo mejor. Arranca”. Eso fue hace 14 años.

La otra cosa que me llamó la atención de aquel hombre, a medida que fuimos coincidiendo, es que siempre jugaba descalzo. Para mí, que nunca he podido hacerlo, era un misterio cómo aquel hombre moreno podía correr tanto, golpear al balón (y además no dejar de arengar a compañeros y rivales) yendo descalzo.

Esas son las cosas que más recuerdo de Lipe. Y además recuerdo su sonrisa de pirata, cómo pasaba su brazo por tu cuello al acabar el partido, después de haberte abroncado como un loco y, en voz muy baja, te pedía disculpas. De corazón. Recuerdo cómo le gustaba que las cosas se hicieran bien: llegar a la hora, marcar el campo en el sitio adecuado, jugar limpio. Y cómo era intenso, a veces casi hasta la fiereza, persiguiendo al rival que se le escapaba, al compañero que no estaba por la labor, y al balón. Recuerdo su humanidad, sus ganas de disfrutar del día, el orgullo que veía en sus ojos cuando jugaba su hijo, a pesar de que discutía tanto con él como con todos nosotros juntos.

Recuerdo que era todo corazón en el campo. Y ese corazón se le salía por la boca, igual cuando reclamaba una jugada dudosa que cuando reía un chiste que alguien contaba al acabar el partido...

Recuerdo que la última vez que coincidimos bromeé con él porque jugó calzado y apenas había discutido una jugada. “Te haces mayor”, le dije. Sonrió, miró al mar y miró a Javi. “Que corra el chaval”. Y volvió a sonreir.

Hace un año que perdió su último partido y la voz se le quebró definitivamente. Y sin embargo, algunos días, cuando el campo está encharcado, las piernas duelen y las cosas no me salen, tengo la sensación de que hay una sombra corriendo a mi lado por la banda que me dice, con esa voz inconfundible: “vamos chaval, arranca”. Y entonces encuentro fuerzas para otra carrera más.

Gracias Lipe, por esa carrera extra, por tu amistad, por habernos dejado a Javi para que sea más fácil recordarte. Te echamos de menos.